
Vivimos en una región de precios europeos y salarios africanos, donde el capitalismo actúa como aquel buen hombre decía: «Me gustan tanto los pobres, que siempre me parece que no hay suficiente cantidad». Sólo en Brasil, pongamos por caso, el sistema mata mil niños por día de enfermedad o de hambre. En América Latina, el capitalismo es antidemocrático, con o sin elecciones: la mayoría de la gente está presa de la necesidad y está condenada a la soledad y a la violencia. El hambre miente, la violencia miente: dicen pertenecer a la naturaleza, simulan formar parte del orden natural de las cosas. Cuando ese «orden natural» se desordena, los militares entran en escena, encapuchados o a cara descubierta. Como dicen en Colombia: «El costo de la vida sube y sube, y el valor de la vida baja y baja».
